Historias poco corrientes

Hacia el mediodía llaman a la puerta del museo. Estaba yo en la otra punta de la casa y tardé en abrir, encima tuve que retirar primero a la perra de la puerta y llevarla fuera de la sala. Al asomarme a la calle no veo a nadie, miro al suelo y veo dos obras apoyadas en la fachada. Estupefacto, oigo al instante mi nombre calle arriba. Era Lala, que me había dejado los cuadros y se iba porque tenía el auto mal estacionado. Es la segunda vez que Lala recoge piezas del contenedor para donarlas al museo, y hubo otra que llamó por teléfono para informar que alguien estaba vaciando cuadros en otro contenedor del barrio; llegué a tiempo. Es una seguidora incondicional del devenir de esta aventura que es el museo. Personas así animan a mantener en pie la ilusión cada día y hacen que la aventura continue. Miles de gracias, Lala.
 
Esta vez han sido dos láminas de Alberto Manrique. No quiero exagerar, pero habré visto más de cien reproducciones del artista en todos los tamaños y con todo tipo de enmarcaciones. En esta ocasión el tamaño es grande y la enmarcación sólida. El color discreto y la sencillez del marco permiten reutilizarlo. No pierdo el tiempo. En esta sucesión de imágenes presento las dos láminas enmarcadas tal como las encontró Lala junto al container, la lupa de veinte aumentos sobre la pieza, el punteado inconfundible de la cuatricromía en la impresión y, por último, el nuevo inquilino para el marco, el grabado que ayer mismo comenté con unas vistas de Morro Jable.
 
Es la sexta vez que alguien deja obras de arte en la puerta del museo. Unas veces son originales y otras no. No importa. Todavía me cuesta encajar que sucedan cosas así en la sociedad en la que vivimos. La generosidad y la empatía son las únicas armas con las que la humanidad podrá echar adelante.